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Me casé en secreto con el médico más frío del hospital… y tres meses después descubrí por qué nunca quiso que nadie lo supiera —¿Alguien sabe a qué se dedica la esposa del doctor Adrian Cole? La conversación que salía de la estación de enfermería hizo que me detuviera en seco. —¿Esposa? ¿El doctor Cole está casado? Pensé que ese hombre era alérgico a las mujeres. —Te juro que sí. El otro día se cambió la bata delante de mí y vi la marca de un anillo en su dedo. —Entonces, ¿quién es ella? —Ni idea. Pero seguro que no trabaja en este hospital. Si fuera así, ya lo sabría todo el mundo. Sin pensarlo, me llevé la mano al dedo anular. Yo tenía exactamente la misma marca. Lo irónico era que la misteriosa esposa de Adrian Cole… era yo. Llevábamos tres meses casados. Y aparte de nosotros y la funcionaria que había firmado nuestro certificado de matrimonio, nadie lo sabía. —¿Sophie? Me giré. El profesor Robert Miller, mi director de investigación, caminaba hacia mí sonriendo. A su lado venía el hombre del que todos acababan de hablar. Mi esposo. El doctor Adrian Cole. Treinta y dos años. Profesor de medicina. Jefe de neurocirugía. Alto, impecable, distante y famoso por tratar a todo el mundo con la misma frialdad profesional. El profesor Miller señaló hacia él. —Qué coincidencia. Sophie, Adrian y yo estudiamos juntos. Si tienes problemas con tu investigación en neurocirugía, puedes consultarle. Yo asentí educadamente. —Buenos días, doctor Cole. Adrian me miró apenas un segundo. —Buenos días. Eso fue todo. Tan distante que nadie habría imaginado que esa misma mañana había tomado café conmigo en nuestra cocina. El profesor Miller recibió una llamada y se marchó. Adrian también se dio media vuelta. Entonces escuché una voz detrás de mí. —¡Sophie! Espera. Era Daniel Brooks, un residente de neurocirugía y antiguo compañero de la universidad. Se acercó corriendo con un vaso en la mano. —Te vi pasar antes. Dijiste una vez que te gustaba este té con leche, así que compré uno para ti. Sonreí, sorprendida. —Daniel, no tenías que… No terminé. Una mano sujetó mi muñeca. Adrian. Su rostro seguía inexpresivo, pero sus dedos se cerraron con una firmeza que nunca había usado conmigo. —Señorita Bennett —dijo con una calma impecable—. Tengo algunas observaciones sobre su proyecto. Venga a mi oficina. Y sin darme tiempo a responder, me llevó hacia el ascensor.
Daniel se quedó atrás con el vaso todavía extendido. Cuando las puertas se cerraron, lo miré. —Doctor Cole… —Hablaremos en casa. Fue entonces cuando noté algo imposible. Las orejas de mi marido estaban rojas. Nuestro matrimonio había comenzado como un simple acuerdo entre familias. Nuestros padres eran amigos desde hacía años. Yo tenía veinticuatro, estaba terminando mi doctorado y llevaba meses soportando preguntas sobre cuándo pensaba casarme. Adrian tenía treinta y dos, una carrera brillante y cero interés aparente en formar una familia. En nuestra primera cita concertada le pregunté: —¿Qué piensa de todo esto? Él respondió: —Me parece bien. Dos palabras. Supuse que estaba tan cansado de la presión familiar como yo. Así que nos casamos. El día que firmamos los documentos me pidió una sola cosa. —Por ahora, mantengámoslo en secreto. No quiero que en la universidad sepan que estamos casados. Acepté de inmediato. Al fin y al cabo, aquello no era un matrimonio por amor. O eso creía. Durante la primera semana apareció en el refrigerador mi marca favorita de leche de avena. —Estaba en oferta —dijo. Miré el precio. No estaba en oferta. La segunda semana apareció la crema de manos que yo había mencionado una noche mientras hablaba por videollamada con mi mejor amiga. —Me la regalaron. No la necesito. Pero Adrian había estado encerrado en su despacho cuando yo hablé de ella. ¿Me había escuchado a través de la puerta? La tercera semana comenté que últimamente me dolía el estómago. A la mañana siguiente había una olla de avena con calabaza caliente sobre la mesa. —Preparé demasiado —explicó. Yo miré la pequeña olla. Tenía exactamente una porción. Aun así, nunca dijo nada más. Nunca me abrazaba. Nunca hablaba de sentimientos. Y en el hospital seguía tratándome como a una desconocida. Hasta aquel día. Cuando llegamos a casa, cerré la puerta detrás de mí. Adrian se quitó el abrigo en silencio. Yo crucé los brazos. —Ahora puedes explicarme qué te pasó con Daniel. —Nada. —Me arrancaste prácticamente del pasillo. —Había trabajo que discutir. —Ni siquiera llevabas mi proyecto contigo. Adrian se quedó quieto. Por primera vez desde que lo conocía, pareció no saber qué decir. Entonces mi teléfono vibró. Era un mensaje de Daniel. “¿Llegaste bien? El doctor Cole parecía bastante molesto. Espero no haberte causado problemas.” Adrian vio el nombre en la pantalla. Y algo cambió en su mirada. —¿Él te escribe a menudo? Parpadeé. —A veces. —¿Fuera del horario de trabajo? —Sí. Su mandíbula se tensó. No pude evitar sonreír. —Adrian… ¿estás celoso? Él me miró durante varios segundos. —No. —Entonces puedo aceptar el té con leche mañana, ¿verdad? Silencio. —Claro —respondió finalmente. Pero esa noche escuché ruidos en la cocina. Cuando bajé, encontré cuatro vasos de té con leche sobre la encimera. Adrian estaba frente a ellos, leyendo las etiquetas como si estuviera estudiando un complicado informe quirúrgico. —¿Qué haces? Se quedó inmóvil. Luego tomó uno de los vasos y me lo entregó. —Compré varios porque no sabía exactamente cuál te gustaba. Lo miré sin palabras. Y entonces vi algo todavía más extraño. Sobre la mesa había una pequeña caja de terciopelo. La caja donde guardábamos nuestras alianzas. Estaba abierta. Su anillo ya no estaba dentro. Levanté la vista. —Adrian… ¿dónde está tu anillo? Él bajó los ojos hacia su mano. Por primera vez desde nuestra boda, llevaba la alianza puesta. —Mañana —dijo con voz baja— creo que ya no quiero esconderlo. Y lo que hizo al día siguiente frente a todo el hospital dejó a todos en silencio
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PARTE 2 A la mañana siguiente desperté convencida de que había imaginado aquella conversación. Adrian ya no estaba en la cama. No era raro. Desde que nos casamos, dormíamos en la misma habitación, pero nuestra convivencia había desarrollado una extraña rutina de dos personas que parecían casadas en todos los detalles excepto en los que normalmente definían a un matrimonio. Compartíamos casa. Compartíamos desayunos. Él recordaba cómo me gustaba el café, qué días tenía seminarios, cuándo debía entregar mis informes y hasta qué tipo de analgésico me funcionaba mejor para las migrañas. Pero jamás me había besado. Ni siquiera en nuestra boda. La ceremonia civil había durado menos de veinte minutos. Cuando salimos, nuestros padres quisieron tomar una fotografía. Mi madre gritó: —¡Adrian, acércate un poco a Sophie! Él obedeció. Puso una mano en mi hombro con tal cuidado que parecía estar manipulando material quirúrgico estéril. Durante tres meses, aquella había sido la distancia exacta entre nosotros. Por eso, cuando bajé a la cocina y vi que su alianza seguía en su dedo, sentí que algo dentro de mí se desordenaba. Adrian estaba preparando café. —Buenos días. —Buenos días. Me senté frente a él. No pude dejar de mirar su mano. Él se dio cuenta. —¿Qué ocurre? —Nada. —Llevas treinta segundos mirando mi dedo. —No estoy acostumbrada. Adrian observó la alianza. —Puedes acostumbrarte. Mi corazón dio un salto absurdo. Intenté disimularlo tomando una tostada. —Ayer dijiste que ya no querías ocultarlo. —Sí. —¿Por qué? Se produjo uno de esos silencios que parecían habituales en él y desesperantes para cualquier otra persona. Finalmente respondió: —Porque ya no es necesario. —¿Qué significa eso? —Exactamente lo que he dicho. Suspiré. Hablar con Adrian era como intentar sacar información de una caja fuerte. —De acuerdo. Me levanté. —Sophie. Me giré. —¿Tú vas a usar el tuyo? Miré mi anillo, todavía guardado en la caja de terciopelo del dormitorio. —¿Quieres que lo haga? Otra pausa. —Sí. Solo una palabra. Pero esta vez no sonó indiferente. Subí las escaleras sintiéndome ridículamente nerviosa. Me coloqué la alianza. Al verla en mi mano experimenté una sensación completamente distinta a la del día de nuestra boda. Entonces había sido un trámite. Aquella mañana parecía una declaración. Aunque no entendía de qué.
Cuando llegamos al hospital, Adrian aparcó como siempre a dos calles de la entrada principal. Era otra de nuestras precauciones para evitar rumores. Yo abrí la puerta. —Nos vemos dentro. Él no respondió. En cambio apagó el motor. —Vamos juntos. Lo miré. —¿Juntos? —Sí. —¿Por la misma entrada? —Sophie, solo existe una entrada principal. —Sabes perfectamente a qué me refiero. Adrian bajó del auto. Yo lo seguí. Apenas cruzamos las puertas automáticas, dos enfermeras que caminaban hacia nosotros saludaron. —Buenos días, doctor Cole. —Buenos días. Una de ellas bajó la mirada. Directamente hacia nuestras manos. Vi cómo sus ojos se abrían. Mi alianza. La de Adrian. Parecidas. Demasiado parecidas. Quise acelerar el paso. Adrian no. Caminó con la serenidad de siempre. Llegamos al ascensor. Una médica de cardiología entró detrás de nosotros. —Doctor Cole, no sabía que estaba casado. Mi espalda se tensó. Él respondió tranquilamente: —Sí. La mujer sonrió. —Felicidades. Su esposa debe ser muy afortunada. Adrian me miró. —Yo diría que el afortunado soy yo. Casi dejé caer mi teléfono. La médica no notó nada porque las puertas se abrieron en su piso. En cuanto salió, me volví hacia él. —¿Qué estás haciendo? —Subiendo. —Adrian. —¿Sí? —Sabes exactamente qué quiero decir. La comisura de su boca se movió apenas. Si no lo conociera, habría pensado que estaba intentando contener una sonrisa. A las nueve de la mañana, el rumor ya había recorrido medio hospital. A las diez, alguien había confirmado que el doctor Cole llevaba alianza. A las once, la teoría dominante era que se había casado secretamente con una heredera. A las once y media, otra versión aseguraba que su esposa vivía en Europa. A las doce, según una interna de pediatría, Adrian tenía dos hijos. Yo escuchaba las historias desde mi escritorio intentando no reír. Mi mejor amiga, Emma, me envió un mensaje. “¿Es verdad que tu marido por fin decidió admitir que tiene esposa?” Respondí: “Parece que sí.” Tres segundos después sonó mi teléfono. —¿QUÉ LE HICISTE? Aparté el aparato de mi oído. —Nada. —Sophie, ese hombre ha escondido su matrimonio tres meses y hoy aparece llevando alianza como si estuviera protagonizando una serie romántica. Algo pasó. Recordé a Daniel. —Quizá… —¿Quizá qué? —Ayer un compañero me compró té con leche. Hubo un silencio. Luego Emma comenzó a reír tan fuerte que tuve que bajar el volumen. —No puede ser. —¿Qué? —El famoso doctor Adrian Cole está celoso. —Dice que no. —Claro. Y yo soy astronauta. —Emma… —Escúchame. Los hombres como Adrian pueden pasar años sin admitir una emoción, pero ponles delante a otro hombre interesado en su esposa y de repente descubren el matrimonio, la monogamia y las alianzas. Antes de poder contestar, alguien llamó a la puerta. Daniel. Colgué rápidamente. Él entró con una carpeta. —Hola. —Hola. Parecía un poco incómodo. —Sobre ayer… espero que el doctor Cole no te haya reprendido por mi culpa. —No pasó nada. —Bien. Dejó la carpeta frente a mí. Entonces sus ojos bajaron. A mi mano. —Oh. Su sonrisa desapareció apenas un segundo. —No sabía que estabas casada. —Sí. —¿Desde cuándo? —Tres meses. —Vaya. Se produjo un silencio inesperadamente incómodo. Daniel metió las manos en los bolsillos. —Felicidades. —Gracias. —¿Conozco a tu esposo? Abrí la boca. En ese momento una voz apareció detrás de él. —Sí. Daniel se giró. Adrian estaba en la puerta. Llevaba bata blanca, una carpeta bajo el brazo y la alianza claramente visible. Entró. —Nos conocemos. Daniel alternó la mirada entre él y yo. Primero confundido. Después sorprendido. Luego completamente atónito. —No puede ser. Adrian se acercó hasta quedar a mi lado. —Sophie Bennett es mi esposa. Silencio absoluto. Daniel parecía haber olvidado cómo respirar. Yo probablemente también. Adrian continuó con su tono habitual: —Nos casamos hace tres meses. —Doctor Cole… yo… Daniel se puso rojo. —No tenía idea. —Lo sé. —Lo del té… —También lo sé. Giré la cabeza hacia Adrian. —Adrian. —¿Sí? —Basta. Me miró como si realmente no comprendiera qué había hecho. Daniel murmuró una excusa y prácticamente escapó. En cuanto la puerta se cerró, me puse de pie. —¿Era necesario? —Me preguntó si conocía a tu esposo. —Podías haber dejado que respondiera yo. —Podía. —Pero no lo hiciste. —No. —¿Por qué? Otra vez aquel maldito silencio. Di un paso hacia él. —Ayer me arrancaste del pasillo. Hoy apareces con alianza. Luego vienes hasta mi oficina exclusivamente para anunciarle a Daniel que soy tu esposa. ¿Y todavía vas a decirme que no estás celoso?
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Adrian me sostuvo la mirada. Pensé que volvería a negarlo. En cambio dijo: —Estoy celoso. Me quedé inmóvil. De todas las respuestas posibles, esa era la única para la que no estaba preparada. —¿Qué? —No me gusta que te compre cosas. —¿Por qué? —Porque puedo comprártelas yo. —Eso no tiene sentido. —Para mí sí. —Adrian… Él respiró hondo. Parecía estar enfrentándose a algo mucho más difícil que una cirugía. —No me gusta cómo te mira. Mi corazón comenzó a latir más rápido. —¿Cómo me mira? —Como yo intento no mirarte cuando estamos en el hospital. El mundo pareció detenerse. —¿Cómo me miras tú? Adrian bajó la mirada durante un instante. Cuando volvió a levantarla, su expresión ya no era fría. Era contenida. Demasiado contenida. —Sophie, tengo una cirugía en veinte minutos. Me quedé boquiabierta. —¿Eso es todo? —Hablaremos esta noche. —Siempre dices eso. —Esta vez lo prometo. Y se fue. Yo me quedé mirando la puerta cerrada con el corazón desbocado. Aquella tarde aprendí que los rumores hospitalarios podían viajar más rápido que cualquier sistema de mensajería. A las dos, todo neurocirugía sabía que yo era la esposa de Adrian. A las tres, lo sabía neurología. A las cuatro, mi profesor me llamó a su despacho. Robert Miller estaba sentado detrás de su escritorio con una expresión que oscilaba entre sorpresa y diversión. —Siéntate, Sophie. Obedecí. —Tengo una pregunta. Sabía exactamente cuál. —Adelante. —¿Tú y Adrian están casados? —Sí. El profesor me miró durante cinco segundos. Después se quitó las gafas. —Ese imbécil. Parpadeé. —¿Perdón? —Tres meses. —Sí. —¿Y no me dijo nada? —Queríamos mantenerlo en privado. Robert soltó una carcajada. —Él quería mantenerlo en privado. No respondí. Su reacción me llamó la atención. —Profesor… ¿sabe algo que yo no sepa? Robert se reclinó en la silla. —Probablemente muchas cosas. —Sobre Adrian. Su sonrisa se hizo extraña. —Eso deberías preguntárselo a él. —Todo el mundo me dice que le pregunte a él. El problema es que Adrian responde con cuatro palabras como máximo. Robert volvió a reír. —Eso no ha cambiado desde la universidad. —¿Cómo era entonces? —Exactamente igual. Brillante. Obsesivo con el trabajo. Terrible expresando emociones. Hizo una pausa. —Pero nunca lo había visto comportarse con ninguna mujer como contigo. Sentí calor en las mejillas. —Solo llevamos tres meses. Robert me observó. —¿Eso crees? La frase me desconcertó. —¿Qué quiere decir? Pero alguien llamó a la puerta. Una enfermera informó que necesitaban al profesor urgentemente. Robert se levantó. Antes de salir me dijo: —Pregúntale a Adrian cuándo te vio por primera vez. Y se marchó. Aquella frase me persiguió durante todo el día. ¿Cuándo te vio por primera vez? La respuesta era obvia. Nuestra cita arreglada. Tres meses antes de casarnos. ¿No? Llegué a casa poco después de las siete. Adrian todavía no había regresado. Me duché. Calenté comida. A las ocho y veinte oí la cerradura. Entró con el rostro agotado. —¿Cirugía difícil? —Complicada. —¿Salió bien? —Sí. Sus hombros se relajaron ligeramente cuando lo dije. Le serví comida. —Come primero. Adrian se sentó. Durante varios minutos ninguno habló. Entonces recordé su promesa. —Dijiste que hablaríamos. Su mano se detuvo sobre los cubiertos. —Lo sé. Me senté frente a él. —Quiero preguntarte algo antes. —Pregunta. —¿Cuándo me viste por primera vez? El cambio fue mínimo. Pero lo vi. Sus dedos se tensaron. —¿Quién te dijo que preguntaras eso? —Robert. Adrian cerró los ojos brevemente. —Claro. —¿Por qué reaccionas así? —Porque Miller habla demasiado. —Entonces hay algo que contar. Silencio. —Adrian. Dejó los cubiertos. —Hace cuatro años. Me quedé quieta. —¿Qué? —La primera vez que te vi fue hace cuatro años. —Eso no puede ser. —Participaste en un programa de verano en Boston. Mis recuerdos comenzaron a moverse. Había asistido a un seminario médico cuando todavía estaba en la universidad. —Sí. —Presentaste un trabajo sobre mecanismos de recuperación neuronal después de traumatismos. Lo miré sorprendida. —¿Estabas allí? —Yo era uno de los ponentes invitados. De pronto recordé a un joven médico alto que había respondido preguntas al final de una conferencia. No había hablado con él. O eso creía. —Pero ni siquiera nos conocíamos. —No. —Entonces… Adrian se levantó. Caminó hasta el despacho.
Regresó con una carpeta vieja. La puso frente a mí. Dentro había documentos académicos. Y en medio de ellos… una hoja doblada. La abrí. Era el resumen de mi presentación de aquel verano. En una esquina estaba escrito mi nombre. Sophie Bennett. —¿Guardaste esto cuatro años? —Sí. No sabía qué decir. Adrian miró la hoja. —Ese día hiciste una pregunta durante mi conferencia. Poco a poco recordé. —¿Sobre la recuperación cognitiva después de cirugía? Asintió. —Me contradijiste delante de doscientas personas. Me llevé una mano a la boca. —Dios mío. —Tenías razón. —Eso no mejora nada. Por primera vez, Adrian sonrió abiertamente. Fue una sonrisa pequeña, pero transformó completamente su rostro. —Para mí sí. Lo observé, todavía confundida. —Entonces… ¿me recordaste? —Sí. —¿Durante cuatro años? —Sí. —¿Y nunca intentaste contactarme? Su sonrisa desapareció. —Tenías veinte años. La forma en que lo dijo hizo que entendiera. —Pensaste que era demasiado joven. —Lo eras. —Solo eran ocho años de diferencia. —Cuando tú tenías veinte y yo veintiocho, me parecía mucho. Bajé la mirada hacia aquella hoja. —¿Y después? —Preguntaba ocasionalmente por tu trabajo académico. Levanté la cabeza. —¿Me seguías? —Académicamente. —Eso suena exactamente como algo que diría un acosador educado. Adrian frunció el ceño. Yo me reí. Él también pareció relajarse. —Después comenzaste tu doctorado aquí —continuó—. Pero yo estaba trabajando la mayor parte del tiempo en otro campus. —Nunca te vi. —Yo sí te vi. Mi corazón volvió a acelerarse. —¿Cuántas veces? —No lo sé. —Adrian. —Muchas. —¿Y jamás viniste a hablar conmigo? —No. —¿Por qué? Esta vez la respuesta tardó mucho. —Porque no sabía qué podía ofrecerte aparte de una vida en la que casi siempre estoy trabajando. Aquella frase dolió de una manera inesperadamente dulce. —Entonces ocurrió la cita organizada por nuestras familias. Asintió. —Mi madre mencionó tu nombre. —¿Y? —Acepté antes de que terminara de hablar. Lo miré fijamente. De repente aquella escena que yo había interpretado durante meses de otra manera apareció bajo una luz completamente distinta. Yo había pensado que Adrian estaba allí porque sus padres lo habían obligado. Había pensado que su “me parece bien” significaba indiferencia. —Espera. Me incorporé. —En nuestra cita te pregunté qué pensabas sobre casarte conmigo. —Sí. —Y dijiste “me parece bien”. —Sí. —¡Pensé que te daba igual! Adrian pareció genuinamente confundido. —No me daba igual. —¿Cómo iba a saberlo? —Acepté casarme contigo. —¡Porque nuestras familias nos estaban presionando! —Sophie, mi madre lleva seis años intentando organizarme citas. Me quedé callada. —¿Seis años? —Sí. —¿Y nunca aceptaste? —Nunca. La información cayó lentamente. —Hasta mí. —Hasta ti. Sentí un nudo en la garganta. —Entonces… ¿por qué quisiste esconder nuestro matrimonio? Esa era la pregunta que más importaba. La expresión de Adrian cambió. —Por tu carrera. —No entiendo. —Eres estudiante de doctorado en una institución donde yo tengo una posición de autoridad. Aunque no soy tu supervisor directo, cualquier persona podía decir que tus oportunidades académicas provenían de mí. Me quedé en silencio. —Cuando nos casamos —continuó— estabas a punto de presentar dos trabajos importantes. No quería que nadie cuestionara tus méritos. —Podrías habérmelo explicado. —Sí. —En lugar de decir simplemente “mantengámoslo en secreto”. —Sí. —Eres terrible comunicándote. —También lo sé. No pude evitar reír. Pero quedaba algo. —Adrian. —¿Sí? —Si sentías todo eso… ¿por qué nunca me lo dijiste?
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Él bajó la mirada hacia su alianza. —Porque pensaba que tú solo querías un matrimonio conveniente. —Eso pensé porque tú actuabas como si fuera un matrimonio conveniente. —Intentaba no presionarte. —¿Comprándome leche de avena a escondidas? —No exactamente a escondidas. —¿La crema de manos? —La pedí por internet. —¿La sopa? —Busqué una receta. —¿Los cuatro tés con leche de ayer? La punta de sus orejas volvió a ponerse roja. —Eso fue un error de cálculo. Me reí. Entonces sucedió algo que no esperaba. Adrian extendió la mano por encima de la mesa. No me tocó. La dejó allí. Como una pregunta silenciosa. Yo miré su mano. Después puse la mía encima. Sus dedos se cerraron despacio. Y sentí que aquel simple contacto era más íntimo que muchos besos. —Sophie —dijo—, no sé hacer esto bien. —¿Qué cosa? —Estar casado. —Yo tampoco. —Pero quiero intentarlo. Tragué saliva. —¿Intentar qué exactamente? Me miró directamente. —Que nuestro matrimonio sea real. Mi corazón golpeó tan fuerte que pensé que podría escucharlo. —Ya es legalmente real. —Sabes lo que quiero decir. Sí. Lo sabía. Y por primera vez comprendí que el hombre al que todos consideraban frío quizá no tenía falta de sentimientos. Quizá tenía demasiados. Solo que nunca había aprendido a mostrarlos. —Entonces tendrás que practicar —susurré. —¿Practicar qué? Me incliné un poco hacia él. —Decir lo que sientes. Adrian guardó silencio. —Empecemos fácil —dije—. ¿Te gusta vivir conmigo? —Sí. —Eso fue rápido. Bien. ¿Te gusta desayunar conmigo? —Sí. —¿Te gusta comprarme cosas y fingir que estaban de oferta? Frunció el ceño. —Eso solo ocurrió una vez. —Adrian. —Sí. Sonreí. —Última pregunta. Él esperó. —¿Te gusto yo? El silencio regresó. Pero esta vez no desvié la mirada. Adrian se puso de pie. Rodeó la mesa. Se detuvo frente a mí. Luego se inclinó ligeramente. —No. Sentí que se me detenía el corazón. Él continuó: —“Gustar” es una palabra demasiado pequeña. Y antes de que pudiera procesarlo, llevó una mano a mi mejilla. —Estoy enamorado de ti desde mucho antes de que tú supieras quién era. Creo que olvidé respirar.
—Adrian… —Y no te lo dije porque pensé que si conocías mis sentimientos antes de casarnos, podrías sentirte obligada a corresponderme. —¿Así que preferiste parecer indiferente? —Parecía una opción más segura. —Fue una opción estúpida. —Probablemente. —Definitivamente. Él sonrió. Yo también. Nos quedamos muy cerca. Demasiado cerca. Su mirada bajó hasta mis labios. —¿Puedo besarte? Después de tres meses casados, mi marido me estaba pidiendo permiso para nuestro primer beso. Sentí ganas de reír y llorar al mismo tiempo. —Sí. Adrian me besó con la misma cautela con la que hacía casi todo conmigo. Su mano permaneció en mi mejilla. El beso fue suave. Breve. Cuando se apartó, lo miré. —¿Eso era todo? Parpadeó. —¿Qué? —Cuatro años enamorado de mí y ese es tu beso. Por primera vez vi al célebre jefe de neurocirugía completamente desconcertado. —Sophie… Lo agarré por la bata. —Tendrás que practicar eso también. La segunda vez no fue cauteloso. Las semanas siguientes fueron una experiencia casi surrealista. Nuestro matrimonio dejó de ser secreto de forma oficial. Al principio, Adrian solo confirmó la noticia cuando alguien preguntaba. Después comenzó a hacer cosas inesperadas. Me esperaba para almorzar. Me llevaba café al laboratorio. Si trabajaba hasta tarde, aparecía en mi oficina con comida. Una tarde una enfermera me entregó una bolsa. —El doctor Cole dijo que no habías comido. Dentro había mi sándwich favorito. La enfermera me observó con una sonrisa. —Ahora entiendo todo. —¿Qué cosa? —Por qué rechazaba a todas las mujeres. —¿Muchas lo intentaban? Ella soltó una carcajada. —Sophie, ¿has visto a tu marido? No supe si sentirme orgullosa o molesta. Aquella noche pregunté: —¿Muchas mujeres te invitaron a salir? Adrian estaba leyendo un artículo. —Algunas. —¿Cuántas? —No las conté. —¿Y siempre dijiste que no? —Sí. —¿Incluso antes de conocerme? Pasó una página. —Antes de conocerte trabajaba demasiado. —¿Y después? Me miró. —Después ya tenía a alguien que me interesaba. Intenté ocultar mi sonrisa. —Muy buena respuesta, doctor Cole. —Es la verdad. Daniel también volvió a hablar conmigo. Un día coincidimos en la cafetería. Parecía avergonzado. —Sophie, quería disculparme. —No tienes nada por lo que disculparte. —No sabía que estabas casada. —Precisamente por eso. —El doctor Cole me da un poco de miedo ahora. Me reí. —A casi todo el hospital. Daniel sonrió. —Pero parece diferente contigo. Miré hacia el fondo de la cafetería. Adrian acababa de entrar. Su mirada me encontró inmediatamente. Fue automático. Como si siempre supiera dónde estaba. Daniel siguió mi mirada. —Sí —dijo—. Definitivamente diferente. Adrian se acercó. —Hola. Daniel levantó ambas manos. —No llevo té con leche. Lo miré horrorizada. Adrian permaneció serio durante dos segundos. Después dijo: —Bien. Daniel estalló en carcajadas. Yo le di un golpe suave a mi marido en el brazo. —No lo amenaces. —No lo he amenazado. —Tu cara lo amenaza. —Esta es mi cara normal. Daniel se marchó todavía riendo. Adrian se sentó frente a mí. —¿Qué quería? —Hablar. —¿Sobre qué? —Estás celoso otra vez. —Sí. Me quedé quieta. —Vaya. —Dijiste que debía practicar diciendo lo que siento. No pude discutir contra eso. —Bien. ¿Y qué más sientes ahora? Pensó unos segundos. —Hambre. —Romántico. —También te extrañé. Mi sonrisa apareció antes de que pudiera evitarla. Había progreso. Mucho progreso. Dos meses después llegó el día de mi defensa preliminar. Era una de las presentaciones más importantes de mi carrera. Había dormido apenas cuatro horas. A las seis de la mañana estaba en la cocina revisando mis diapositivas cuando Adrian bajó. —¿Has dormido? —Sí. —¿Cuánto? —Suficiente. —¿Cuánto? Suspiré. —Cuatro horas. Se acercó. Cerró mi computadora. —Adrian. —Desayuna. —Tengo que revisar esto. —Lo has revisado veintitrés veces. —¿Cómo sabes cuántas? —He contado. Por supuesto. Me puso un plato delante. —Come. —Estoy demasiado nerviosa. Se sentó a mi lado. —Sophie. —¿Qué? —Vas a hacerlo bien. —¿Y si me hacen una pregunta que no sé responder? —Dices que no tienes la respuesta y explicas cómo la investigarías. —¿Y si mi argumento principal no convence? —Tienes datos sólidos. —¿Y si… Adrian tomó mi mano. —Hace cuatro años te levantaste en un auditorio lleno de especialistas y corregiste a un profesor invitado sin que te temblara la voz. Lo miré. —Ese profesor eras tú. —Exacto. —Quizá por eso ahora estoy traumatizada. La comisura de su boca subió. —Si pudiste conmigo a los veinte años, puedes con un comité entero a los veinticuatro.
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Respiré hondo. —¿Estarás allí? Su expresión cambió. —No. Mi corazón cayó un poco. Luego añadió: —No quiero que mi presencia afecte al comité ni que alguien piense que intento influir. Asentí. Tenía sentido. —Pero estaré esperando afuera. Y lo estuvo. Durante dos horas completas. Cuando salí de la sala, agotada y todavía temblando, fue la primera persona que vi. No preguntó nada. Solo miró mi cara. —¿Aprobaste? Asentí. Adrian sonrió. Y antes de que pudiera decir una palabra, me rodeó con los brazos. En medio del pasillo. Delante de estudiantes. Enfermeras. Profesores. Todo el mundo. Me quedé rígida de sorpresa. Adrian nunca mostraba afecto en público. Luego escuché aplausos. Me separé apenas. Robert Miller estaba al fondo del pasillo, sonriendo. —¡Por fin! —gritó—. ¡Pensé que tendría que esperar otros cuatro años! Varias personas rieron. Yo escondí la cara en el pecho de Adrian. —Quiero desaparecer. —Podemos irnos. —Sí. —Ahora. —Sí. Adrian tomó mi mano. Mientras caminábamos hacia el ascensor, escuché a dos residentes susurrar detrás de nosotros. —No puedo creer que el doctor Cole sonría. —Yo no puedo creer que abrace gente. Sonreí. —Estás destruyendo tu reputación. Adrian apretó mi mano. —Puedo vivir con ello. Esa noche nuestras familias organizaron una cena para celebrar. Mi madre llevó un álbum viejo. Adrian cometió el error de sentarse a su lado. —Mira —dijo ella alegremente—. Sophie a los cinco años. —Mamá. Adrian tomó la fotografía. Yo aparecía disfrazada de princesa con una corona torcida. —Adorable —dijo. —No lo animes. Mi padre sacó otra foto. —Aquí perdió dos dientes. —Papá. Adrian guardó silencio. —No te atrevas. —También adorable. Toda la mesa comenzó a reír. Entonces la madre de Adrian dijo algo que hizo que todos se callaran. —Todavía recuerdo cuando Adrian me preguntó por primera vez sobre Sophie. Lo miré. Él dejó lentamente el vaso. —Mamá. Demasiado tarde. —Fue hace casi tres años. Llegó a casa y preguntó si la hija de los Bennett seguía estudiando medicina. Mis ojos se abrieron. —¿Tres años? La señora Cole sonrió. —Por supuesto. Después empezó a hacer preguntas cada pocos meses. Adrian cerró los ojos. —Mamá. —¿Qué? Ya están casados. Mi madre se llevó una mano al pecho. —¿Entonces tú propusiste organizar la cita? La madre de Adrian asintió. Yo giré lentamente hacia mi esposo. —Adrian Cole. —Podemos hablar en casa. —No. Vamos a hablar ahora. Todos en la mesa estaban encantados. —¿Fuiste tú? Suspiró. —Sí. —¿Tú les pediste a nuestras madres que organizaran la cita? —Indirectamente. —¿Qué significa indirectamente? Su padre comenzó a reír. —Significa que durante seis meses mencionó tu nombre cada vez que su madre hablaba de matrimonio hasta que ella captó la indirecta. Miré a Adrian. El jefe de neurocirugía, terror de los residentes, hombre al que todo el hospital consideraba emocionalmente inaccesible…
había pasado seis meses intentando conseguir una cita conmigo a través de su madre. No sabía si reír o besarlo. Así que hice ambas cosas. Me incliné y le di un beso en la mejilla. Su madre aplaudió. Adrian se puso rojo. —Esto es humillante. —Te lo mereces. —Probablemente. Más tarde, cuando regresamos a casa, encontré a Adrian en el dormitorio guardando su reloj. Me apoyé contra la puerta. —Tengo otra pregunta. —Empiezo a preocuparme cada vez que dices eso. —Cuando fuimos a nuestra primera cita… ¿ya querías casarte conmigo? Él pensó. —Quería conocerte. —No es lo mismo. —Cuando terminamos la cena, sí. —¿Después de una hora? —Una hora y cuarenta minutos. —Qué precisión. —Lo recuerdo bien. Me acerqué. —¿Y cuando te pregunté qué pensabas sobre nosotros y dijiste simplemente “me parece bien”? Pareció avergonzado. —Pensé que estaba siendo claro. Me eché a reír. —Adrian, nadie en el planeta habría interpretado eso como una declaración de amor. —Ahora lo sé. —¿Qué querías decir realmente? Me rodeó la cintura. Ya no era el hombre que mantenía cuidadosamente treinta centímetros de distancia entre nosotros. —Quería decir que si tú estabas dispuesta, yo quería intentarlo seriamente. —Eso son muchas más palabras. —No era bueno hablando contigo. —¿Por qué? —Me ponías nervioso. Lo miré con incredulidad. —¿Yo? —Sí. —Realizas cirugías cerebrales de doce horas. —Eso es diferente. —Das conferencias frente a cientos de personas. —También diferente. —¿Pero hablar conmigo te ponía nervioso? Adrian apoyó la frente contra la mía. —Muchísimo. La respuesta derritió algo dentro de mí. —¿Y ahora? —Ahora también. —No parece. —He mejorado ocultándolo. Sonreí. —No tanto. Lo besé. Y pensé en lo extraña que era la vida. Durante meses había interpretado su silencio como indiferencia. Su distancia como falta de interés. Su petición de ocultar el matrimonio como una señal de que se avergonzaba de nuestra relación. La verdad era exactamente la contraria. Había guardado nuestro matrimonio para proteger mi carrera. Había mantenido distancia para no presionarme. Había callado sus sentimientos porque tenía miedo de que yo me sintiera obligada a corresponderle. Y durante cuatro años había guardado una simple hoja de papel con mi nombre. Seis meses después, caminaba por el hospital cuando escuché nuevamente voces en la estación de enfermería. Me detuve. —Dicen que la esposa del doctor Cole está embarazada. Casi me atraganté con mi café. —¿Qué? —Eso escuché. —¿Quién lo dijo? —No sé. Pero parece que últimamente él no la deja tomar café. Miré el vaso en mi mano. Era descafeinado. Cerré los ojos. Aquella mañana Adrian me lo había cambiado porque yo llevaba tres noches durmiendo mal. No estaba embarazada. Ni remotamente. Entré en la estación. —Chicas. Las tres enfermeras se giraron. —Sophie. —No estoy embarazada. Sus caras se pusieron rojas. —Nosotras no… —Acabo de escucharlo todo. Una de ellas se tapó la boca. Yo empecé a reír. —Tranquilas. Pero quizá deberíamos detener el rumor antes de que llegue a nuestras madres.
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Demasiado tarde. Mi teléfono sonó. “Mamá”. Suspiré. Respondí. —Hola, mamá. —¿POR QUÉ ME ENTERO POR TU TÍA DE QUE ESTÁS EMBARAZADA? Cerré los ojos. Las enfermeras intentaron contener la risa. —No estoy embarazada. —¿Segura? —Mamá. —Está bien, está bien. Pero cuando ocurra, quiero ser la primera en saberlo. —Adiós, mamá. Colgué. En ese momento apareció Adrian. —¿Qué ocurre? Las enfermeras huyeron estratégicamente. Lo miré. —El hospital cree que estoy embarazada porque cambiaste mi café. Adrian permaneció en silencio. —Di algo. —Es un rumor incorrecto. —Gracias por el diagnóstico. Seguimos caminando. Después de unos pasos noté que él estaba demasiado callado. —¿Qué? —Nada. —Adrian. —Solo estaba pensando. —¿En qué? Sus orejas empezaron a ponerse rojas. Lo miré sorprendida. —No. —No he dicho nada. —Te conozco. —Solo pensaba que… —Adrian. —…algún día no me molestaría que el rumor fuera cierto. Me quedé inmóvil. Él continuó caminando dos pasos antes de darse cuenta de que yo ya no estaba a su lado. Se giró. —¿Sophie? Sonreí lentamente. —Doctor Cole. —¿Sí? —Acabas de expresar voluntariamente un sentimiento sin que yo te lo preguntara. Reflexionó. —Parece que estoy mejorando. Me acerqué. Tomé su mano. —Mucho. Seguimos caminando por el mismo pasillo donde meses atrás yo había escuchado por primera vez a las enfermeras preguntarse quién era su misteriosa esposa. Entonces nadie sabía que estábamos casados. Yo misma apenas sabía qué significaba ser su esposa. Ahora su alianza brillaba a plena vista. También la mía. Y ya no había secretos.
O casi ninguno. Porque al llegar al ascensor, Adrian se inclinó hacia mí. —Por cierto. —¿Sí? —Compré leche de avena. —¿Estaba en oferta? —No. Me eché a reír. Finalmente había aprendido. Las puertas se abrieron. Entramos juntos. Antes de que se cerraran, una joven residente corrió hacia nosotros. —¡Doctor Cole! ¡Doctora Bennett! Esperen. Sostuvo la puerta. Luego miró nuestras manos y sonrió. —Perdón por preguntar, pero todo el hospital quiere saber una cosa. —¿Qué cosa? —pregunté. La residente miró a Adrian. —¿Quién se enamoró primero? Sonreí. —Él. Adrian me miró. —Correcto. La residente abrió los ojos, sorprendida de que lo admitiera tan fácilmente. Entonces añadió: —¿Y quién se enamoró más? Pensé que Adrian guardaría silencio. En lugar de eso respondió: —También yo. Lo miré. Él apretó mi mano. —Y no tengo intención de permitir que eso cambie. Las puertas del ascensor se cerraron. Y por primera vez entendí algo que habría querido saber desde el principio: A veces, la persona que menos dice no es la que menos siente. A veces es exactamente al contrario. Porque mi esposo nunca fue frío. Solo había pasado años queriéndome en silencio. Y cuando finalmente aprendió a decirlo… descubrí que detrás del hombre más distante del hospital había estado esperándome, todo ese tiempo, el amor más paciente de mi vida.

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