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Perdí dos dedos antes de mi boda… pero las palabras de mi prometida me rompieron más que el accidente Nunca imaginé que perder dos dedos pudiera doler menos que perder a la mujer con la que pensaba pasar el resto de mi vida. Hasta aquel día, yo creía que tenía una vida sencilla, pero perfecta. Tenía un trabajo honrado, una familia que me quería y, sobre todo, una mujer a mi lado que me hacía sentir el hombre más afortunado del mundo. Se llamaba Laura. Llevábamos cuatro años juntos y faltaban apenas tres meses para nuestra boda. Yo estaba completamente ilusionado. Habíamos elegido el salón, las flores, la música, el menú y hasta habíamos discutido durante semanas sobre el color de las servilletas. —¿De verdad te importa tanto que sean blancas? —me preguntó una noche. —No. —Entonces, ¿por qué llevas media hora discutiendo conmigo? —Porque quiero que todo sea perfecto. Laura sonrió y apoyó la cabeza sobre mi hombro. —Lo único que necesito para que sea perfecto es que estés tú. La abracé. En aquel momento estaba convencido de que nada podría separarnos. No sabía que, pocas semanas después, aquellas palabras serían solamente un recuerdo. La mañana del accidente comenzó como cualquier otra. Antes de salir de casa, Laura me dio un beso. —Nos vemos en la noche. —No llegues tarde —me dijo. —¿Por qué? —Tenemos que escoger las flores. —¿Otra vez? —Sí. Encontré unas preciosas. Me reí. —Está bien, futura esposa. Ella sonrió. —Te amo. —Yo también. Horas después, mientras trabajaba, ocurrió el accidente. Fue cuestión de segundos. Un ruido metálico. Un grito. Dolor. Y después, el caos. Mis compañeros llamaron a una ambulancia mientras yo miraba mi mano sin poder comprender lo que había sucedido. —¡No siento los dedos! —grité. —¡Tranquilo! ¡Ya viene la ambulancia! —¡Díganme que voy a estar bien! Nadie quiso responderme. En el hospital, después de varias horas, un médico se acercó a mi cama. —Tengo que hablar contigo. Lo miré preocupado. —¿Qué pasó? El médico respiró profundamente. —Pudimos salvar tu mano, pero no los dos dedos afectados. Sentí que el mundo se detenía. Miré mi mano vendada. Dos dedos. Dos pequeñas partes de mí que jamás volverían. Pero, en ese momento, solamente pensé en Laura. —¿Puedo llamarla? —Claro. La llamé. Una vez. Dos veces. Cinco veces. No respondió. Le envié mensajes. “Tuve un accidente.” “Estoy en el hospital.” “Necesito verte.” Pasaron horas. Luego un día. Después otro. Laura no apareció. Cuando finalmente contestó el teléfono, su voz sonaba distante. —¿Qué pasó? —Tuve un accidente. —¿Estás bien? Tragué saliva. —Perdí dos dedos. Hubo un silencio incómodo. —¿Qué? —Dos dedos de mi mano derecha. Otro silencio. Yo esperaba que dijera que me amaba. Esperaba que dijera que iba a ir al hospital. Pero solamente respondió: —Necesito tiempo para procesarlo. —Laura, estoy en un hospital. —Lo sé. —Tengo miedo. —No sé qué decirte. Aquella conversación terminó poco después. Cuando finalmente apareció en el hospital, cuatro días más tarde, la mujer que entró por aquella puerta parecía una desconocida. Me miró. Después miró mi mano. —¿Eso es permanente? —Sí. Laura se quedó callada. —¿Qué pasa? —pregunté. —No sé si puedo hacer esto. Pensé que hablaba de mi recuperación. —Claro que puedes. Va a ser difícil, pero juntos podremos salir adelante. Ella negó con la cabeza. —No me refiero a eso. Sentí un escalofrío. —¿Entonces? Laura comenzó a llorar. —No puedo casarme contigo. Me quedé inmóvil. —¿Qué? —Lo siento. —¿Estás cancelando nuestra boda porque tuve un accidente? —No es tan sencillo. —Para mí sí lo es. Ella bajó la mirada. —Ya no eres el mismo. Aquellas palabras me atravesaron. —¿Qué quieres decir? —Tu mano... —¿Qué tiene mi mano? —No sé cómo explicarlo. —Explícamelo.

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